El hijo del acordeonista - Bernardo Atxaga

11 sept. 2013


Removió el contenido de la caja del cartón, y sacó un cuaderno. «Mira esto», dijo entregándomelo. Era como los cuadernos que se usaban en la escuela, de color anaranjado y con el dibujo de un gorila en la cubierta. En la parte inferior, dentro de una orla, ponía: «Cuaderno para uso de», y debajo, un nombre: «Ángel». «¿Te suena la letra?», me preguntó. «Es parecida a la de mi padre.» «Sí, estoy de acuerdo.» Miré más detenidamente la caligrafía. «Ahora no escribirá exactamente así – quiso advertirme ella-. Ten en cuenta que este cuaderno tendrá cerca de veinticinco años». «¿Veinticinco años?» «O un poco más.» Teresa me señaló una página en la que figuraba una lista de nombres: «A ver qué te parece esto». El cuaderno estaba húmedo, sus hojas no hacían ruido.
La letra era mala, como si el autor de la lista la hubiera escrito a toda prisa, y costaba trabajo leer algunos nombres. En la primera línea ponía «Humberto». Luego – me llevó tiempo descifrarlo – venían los nombres de «Goena el viejo» y «Goena el joven». En la cuarta línea parecía que ponía «Eusebio». En la quinta, «Otero». En la sexta, en letras mayúsculas, «Portaburu». En el siguiente renglón, «los maestros». Y en último lugar, escrito de cualquier manera y subrayado, «el americano».
«Es la lista de la gente que fusilaron en Obaba. Obra de nuestros padres, creo – dijo Teresa. En sus ojos volvía a haber una lágrima-. Ahora me odiarás, lo sé». 


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