Jóvenes y verdes (Obabakoak) - Bernardo Atxaga

10 sept 2011

JÓVENES Y VERDES
Hace mucho tiempo, cuando aún éramos jóvenes y verdes, un hombre de
bigote y gorra a cuadros llegó a la escuela primaria donde estudiábamos y con
gesto muy serio nos anunció que venía a hacernos la primera foto colectiva de
nuestra vida. Le escuchamos entre risas, porque su aspecto nos hacía mucha
gracia, sobre todo lo de la gorra, y también porque nunca hasta entonces
habíamos oído la expresión foto colectiva; luego, pisando charcos y lanzando
nuestras carteras al aire, seguimos a la maestra hasta los soportales de la iglesia.
Pero nada más llegar —la felicidad nunca es completa— nuestra fiesta se
aguó un poco, porque allí estaban, sentaditas en los bancos, todas las chicas de
la escuela secundaria, nuestras más odiadas enemigas de aquella época: unas
lerdas presumidas que ni tan siquiera se dignaban a saludarnos por la calle...
«Quien no les haya tirado ninguna piedra, que levante la mano», nos decía el
señor párroco cada vez que alguna de ellas le iba con el cuento. Y todas las
manos se quedaban en los bolsillos, todos los ojos miraban al suelo.
Desgraciadamente, ahora las teníamos delante, esperándonos, provistas de
peine y tijeras, con una sonrisa maligna en los labios.
—¿A qué esperáis? ¡Iros allí, que vuestras amigas os van a dejar muy
guapos! —Nos apremiaba, en especial a los chicos, nuestra maestra,
extrañadísima por la cara de disgusto que poníamos ante aquella sesión de
atrezzo. Como ella no vivía en el pueblo, no se había enterado de la lucha
generacional que existía en Obaba.
Hubo pellizcos, tirones de pelo y otros incidentes mientras nos
adecentaban, pero, al final, tras colocarnos en unas escaleras de piedra, todos
los niños y niñas del pueblo que en aquella época teníamos alrededor de nueve
años quedamos retratados; unidos para siempre los que, como viajeros con
distintos destinos, entraríamos poco después en la corriente de la vida y nos
separaríamos por completo.
Una semana después el fajo de fotografías estaba ya en la escuela, y todos
queríamos ver cómo habíamos salido. Allí estábamos, serias las niñas pequeñas
y más serios aún los chicos no tan pequeños, con una gravedad digna de
estatuas romanas. Pero no se trataba de gravedad, ni de dignidad, ni de nada
que acabara en dad. Se trataba únicamente de la firme decisión de venganza que
—los de pelo rizado, sobre todo— instantes antes habíamos tomado. «Habrá
más piedras», decían aquellas miradas. «Y muy pronto», añadían aquellas bocas
fruncidas.
La maestra repartió las copias del fajo, y nos aconsejó que las
conserváramos. Que más adelante, cuando tuviéramos su edad, por ejemplo,
nos alegraríamos mucho de poder echar un vistazo a una foto como aquélla. Y
nosotros, como buenos alumnos, la guardamos; y, nada más guardarla, nos
olvidamos de ella. Porque, como ya se ha dicho, en aquella época éramos
jóvenes y verdes, y no sentíamos ninguna preocupación por el pasado.
La verdad es que nos bastaba con el mundo. Se desplegaba ante nosotros
como la cola de un pavo real, y cada día nos traía mil cosas diferentes;
prometiéndonos, además, otras mil, o diez mil, o cien mil más para el futuro.
¿Qué era el mundo? Era imposible saberlo, pero al menos parecía inmenso,
ilimitado tanto en el tiempo como en el espacio. Así nos lo imaginábamos, y por
eso eran tan largas las direcciones de las cartas que escribíamos. Porque no nos
bastaba con indicar al cartero, pongamos por caso, el nombre de nuestro primo
y de la ciudad en que vivía, sino que, por si acaso, dejábamos bien claro en qué
provincia se hallaba la ciudad, y en qué nación la provincia, y en qué continente
la nación. Luego, al final de toda la lista, escribíamos con letras grandes: Planeta
Tierra. No fuera a suceder que el cartero se equivocara de galaxia.
Pasaron inviernos y veranos, y, como quienes toman parte en el juego de la
oca, nos fuimos alejando de nuestra casilla inicial: avanzando ligeramente, unas
veces, saltando de oca en oca; desviándonos, otras veces, de los paisajes
luminosos, cayendo en cárceles o en infiernos. Llegó así el día en que nos
levantamos de la cama y comprobamos en el espejo que ya no teníamos nueve
años, sino veinte o veinticinco más; que, aun siendo todavía jóvenes, ya no
éramos verdes.
Asombrados, nos pusimos a repasar afanosamente nuestra existencia.
¿Cómo habíamos llegado hasta allí? ¿Cómo nos habíamos alejado tanto? Era
cierto que nos sentíamos más cansados que en los tiempos de la escuela
primaria; era cierto que las indicaciones geográficas de nuestras cartas eran
ahora más escuetas; pero, aparte de eso ¿qué otras cosas habían cambiado? La
cuestión se presentaba complicada y —procediendo en este caso como los
personajes del guiñol— pensamos después de mucho pensar que lo mejor era
que lo volviéramos a pensar.
En medio de ese embrollo, y según había predicho la maestra, nos
acordamos de aquella primera foto colectiva de nuestra vida. La sacábamos de
vez en cuando de entre los viejos cuadernos, y le rogábamos que nos revelara el
sentido de la existencia. Y el retrato hablaba, por ejemplo, de dolor, y nos pedía
que nos fijáramos en aquellas dos hermanas, Ana y María, detenidas para
siempre en la casilla número doce del Gran Tablero; o que pensáramos, si no, en
el destino de José Arregui, aquel compañero nuestro que, de ser un niño
sonriente en medio de la escalera de piedra, había pasado a ser un hombre
torturado, y luego muerto, en una comisaría.
Pero no siempre había tristeza en las respuestas de la foto. Generalmente, se
limitaba a subrayar el viejo dicho de que vivir es mudar, y nos hacía sonreír con
las paradojas que resultaban de esa mudanza. Manuel, nuestro mejor guerrero a
la hora de luchar contra las chicas de la escuela secundaria, había acabado por
casarse con una de ellas, y tenía fama de marido sumiso. Martín y Pedro María,
dos hermanos que jamás asistían a las clases de catecismo, se habían hecho
misioneros, y vivían los dos en África.
De todos modos, mi interés por ella desapareció pronto. En realidad, sus
respuestas resultaban un poco tontas, reiterativas, y nunca conseguían
sorprenderme. Tenía que seguir preguntando, sí, pero de alguna otra forma, en
otro sitio.
Llevaría un año entero guardada en la mesilla de noche —y con riesgo,
además, de quedarse allí para siempre— cuando un compañero de trabajo vino
a casa y me la pidió prestada. Me dijo que había montado un laboratorio de
fotografía y que, aprovechando que andaba haciendo pruebas, me la ampliaría
a un tamaño cinco o seis veces mayor.
—Para que la puedas colgar de la pared —argumentó.
Fue entonces, una vez que mi compañero hubo terminado su trabajo,
cuando la vieja foto habló de verdad y reveló su secreto. Porque, con la
ampliación, descubrí en ella un detalle que antes me había pasado inadvertido,
y porque ese detalle me obligó a seguir el rastro de unos hechos sorprendentes.
Pero antes de relatar lo ocurrido debo confesar que no es habitual que un
escritor sea partícipe o testigo de historias que merezcan ser contadas, siendo
ésa, quizá, la razón de que se esfuerce en inventarlas. No obstante, y por una
vez, la ley no se cumplirá. El autor extraerá la materia narrativa de su propia
realidad. No se comportará, pues, como escritor, sino únicamente —a pesar de
la rima, no es lo mismo— como transcriptor.
Y, acabado el prólogo, vayamos con la historia. Palabra a palabra,
llegaremos hasta la última.
La ampliación hecha por mi compañero era, como ya he dicho, unas cinco
veces mayor que la foto original, y gracias a ello podían observarse en ella los
hierbajos que crecían en las grietas o junturas de las escaleras de piedra, o los
botones del abrigo de uno de los fotografiados, detalles, todos ellos, que antes
no pasaban de ser manchas.
Buscando esa clase de detalles, me fijé casualmente en el brazo derecho de
un compañero —el demonio de la clase— llamado Ismael. Lo tenía metido en la
cartera que sostenía a la altura del pecho, y luego lo sacaba por el otro extremo
dejando al, descubierto los dedos de su mano. Sin embargo, aquella mano no
estaba vacía. Algo sobresalía de ella. «¿Una navaja?», pensé recordando su
costumbre de llevarla. Pero no podía ser, no era un objeto punzante. Decidí
entonces ayudarme con una lupa, y pude así descubrir su naturaleza. No había
duda, lo que Ismael tenía en la mano era un lagarto.
«Querría asustar al de delante», pensé acordándome del miedo que los
niños de Obaba teníamos a los lagartos.
—Nunca os quedéis dormidos sobre la hierba —nos decían nuestros
padres—. Si lo hacéis, vendrá un lagarto y se os meterá en la cabeza.
—¿Por dónde? —preguntábamos.
—Por el oído.
—¿Para qué? —volvíamos a preguntar.
—Pues para comeros el cerebro. No hay nada que a un lagarto le guste más
que nuestro cerebro.
—¿Y qué pasa después? —insistíamos.
—Os volveréis tontos, igual que Gregorio —afirmaban nuestros padres muy
serios. Gregorio era el nombre de uno de los personajes de Obaba—. Eso en el
mejor de los casos. Porque la verdad es que a Gregorio le comieron muy poco
—añadían.
Después, y para no asustarnos demasiado, nos informaban de que había dos
formas de protegerse contra los lagartos. Una era no quedarse dormido sobre la
hierba. La otra —para los casos en que el animal lograra meterse en la cabeza—
era ir andando lo más rápidamente posible a siete pueblos y pedir a los
párrocos que hicieran sonar las campanas de sus iglesias; porque entonces, no
pudiendo soportar tanta campanada, los lagartos salían de la cabeza y huían
despavoridos.
Ésas eran las ideas que me rondaban mientras miraba la foto, y me parecía
que la escena que acababa de descubrir podía interpretarse como un intento de
travesura. Aquel demonio de Ismael habría acercado el lagarto a la oreja del
compañero que tenía delante —Albino María se llamaba— para que éste, bien
por asco, bien por miedo, se moviera de su sitio y estropeara la compostura de
todo el grupo. Por algún motivo, Albino María había aguantado bien la
agresión. No hubo necesidad de repetir la foto.
Sin embargo había algo que me impedía aceptar plenamente aquella
interpretación. Y ese algo era el recuerdo de lo sucedido a Albino María, que en
poco tiempo había pasado de ser uno de los alumnos más listos de la escuela a
ser el más torpe, y que luego había ido de mal en peor, alelándose cada vez más
y volviéndose incapaz de leer o escribir: un triste proceso que sólo se detuvo
algunos años más tarde, cuando Albino María ya se había convertido en uno de
los tontos del pueblo.
Mirando a la foto pensé en las ironías de la vida, y me pareció que el lagarto
que Albino María tenía junto a su oreja auguraba, por algún oscuro designio,
todo lo que más tarde iba a ocurrirle. En un plano simbólico, el gesto de Ismael
unía el pasado con el futuro.
Pero, en realidad, esa unión ¿era puramente simbólica?
Hay ocasiones en que se nos plantean preguntas completamente
insospechadas, yendo por la calle, entre la gente, al atardecer... y a mí esa
pregunta me venía, una y otra vez, siempre que salía a pasear. ¿Y si aquella
relación fuera más física de lo que a primera vista parecía? ¿Y si el lagarto se
hubiera introducido de manera real en el oído de Albino María? Pero no, no era
posible.
Pero, en contra lo que hubiera podido esperarse, la hipótesis fue tomando
fuerza. Un día repasaba la foto y descubría que lo que Ismael tenía en la mano
no era un lagarto, sino una cría de lagarto, algo que sí podía caber en el orificio
del oído. Consultaba luego las enciclopedias y las guías de campo, y me
enteraba de que la variedad Lacerta viridis podía ser peligrosa para el hombre,
aunque —al menos en aquellos libros— no se especificaba la naturaleza del
peligro.
¿Y el tímpano?, se me ocurrió de repente. Si el lagarto había logrado meterse
por la oreja del chico, éste debía tener el tímpano roto. No cabía otra
posibilidad.
Mi poca paciencia hizo que quisiera comprobar cuanto antes lo que de
verdad o mentira pudiera haber en aquel razonamiento. Cogí el teléfono y
llamé a mi tío el indiano, que vivía en Obaba.
—Ya sabes que yo ando poco por la calle. Tendrás que preguntárselo a otro
—me respondió sin mostrar ninguna curiosidad por el asunto. En realidad, sólo
le interesaban las lecturas literarias que, después de reunimos en su casa,
hacíamos los primeros domingos de mes—. No te habrás olvidado de nuestra
cita, ¿verdad? El próximo domingo tenemos reunión —me dijo.
—No te preocupes. Allí estaré. Y con no menos de cuatro cuentos.
—Una buena noticia para el tío de Montevideo.
Así era como le gustaba llamarse, el tío de Montevideo. Había vivido mucho
tiempo en aquella ciudad de América, y aún mantenía allí algunos negocios: un
par de librerías y una panadería.
—¿Seguro que es una buena noticia? ¡Pero si lo que yo escribo no te gusta
nada! ¡Todos mis cuentos te parecen plagios!
—¿Y acaso es mentira? Los escritores de ahora no hacéis más que plagiar.
Pero como la esperanza es lo último que se pierde...
—Está bien. Ya me contarás el domingo.
—A ver si traes a algún escritor más, sobrino. Cuantos más vengan, mejor.
—Lo intentaré, tío. Pero no te garantizo nada, porque la gente te ha cogido
miedo. Se pregunta si hay algo en este mundo que te guste. Aparte de las
novelas del siglo diecinueve, claro.
Al otro lado del teléfono, mi tío soltó una risita.
—¿A quién podría preguntar lo de Albino María? —añadí.
—¿Por qué no llamas al bar? Te bastará con decir que estás haciendo una
encuesta sobre incapacitados físicos. Hoy en día la palabra encuesta hace
maravillas.
Seguí el consejo de mi tío, y con el resultado que él había predicho. La
propietaria del bar se mostró sumamente interesada.
—Sí, me parece que está sordo. Espere un momento. Se lo voy a preguntar a
unos que están en el mostrador —me dijo.
Mientras esperaba al teléfono, pensé que las historias tienden a complicarse.
—Que sí, que del oído derecho no oye nada —escuché poco después.
Me pareció que había llegado el momento de consultar con un médico.
Porque, como claramente se veía en la fotografía, el lagarto —suponiendo que
hubiera entrado— sólo podía haberse metido por ese lado.
No necesito muchas palabras para resumir lo que sucedió después. El
médico al que consulté —un amigo mío, muy aficionado a la literatura— opinó
que lo que le decía no era posible. Pero, como hombre de laboratorio que era,
aceptó aquel suceso como hipótesis de trabajo.
—Iré a la biblioteca del hospital y consultaré la base de datos. Es probable
que tengamos algo acerca de enfermedades tropicales. Llámame dentro de unos
días.
Pero no tuve necesidad de llamarle. Fue él quien lo hizo, y a la mañana
siguiente.
—Pues sí, podría ser —dijo ahorrándose el saludo.
—¿Lo dices en serio?
Era un caluroso día de verano, pero el sudor que en aquel instante mojaba
mis manos nada tenía que ver con la temperatura.
—Massieu, Pereire, Spurzhein, Bishop...
Me di cuenta de que estaba leyendo en la pantalla del ordenador.
—¿Quiénes son? ¿Los autores que han escrito sobre el tema?
—Sobre temas tropicales, en general. Pero en el ordenador aparecen los
capítulos de los libros, y todos tienen alguno que otro acerca de las agresiones
de los lagartos. On lizards and mental pathology...
De nuevo estaba leyendo en la pantalla.
—Ya he hablado con mis colegas —continuó— y todos estamos de acuerdo.
Si lo que piensas fuera verdad, porque a lo mejor no lo es...
—Por supuesto. Eso mismo pienso yo. Que sólo es una posibilidad —le
apoyé.
—Eso es. Pero lo que te iba diciendo. Si fuera cierto, sería el primer caso
conocido en Europa. Parece muy interesante, ¿no?
—¿Quieres venir a Obaba el próximo domingo? —le interrumpí—. Habrá
sesión de lectura. Todavía te acuerdas de mi tío el de Montevideo, ¿no?
—¡Cómo no me voy a acordar! Destruyó mi cuento en cinco segundos. No
le importó que fuera el primero de mi vida —dijo riéndose.
—Mira, ahora mismo te digo lo que vamos a hacer. El sábado salimos de
aquí por la tarde y nos vamos a un pueblo de la costa. No, no te voy a decir a
qué pueblo en concreto. Solamente que iremos a visitar a alguien. A Ismael, sí.
Ya veo que contigo no valen los secretos. Sí, ahora vive allí, tiene un pub al lado
de la playa. Y después de la visita, nos vamos hacia Obaba. Y también podemos
aprovechar para darnos un baño.
Permaneció un momento en silencio.
—¿Ya admitirá tu tío a un plagiario de mi calaña?
—Para él es plagio todo lo que se ha escrito a partir del siglo diecinueve. Si
es por eso, puedes estar tranquilo.
—Entonces, iré. Me gustaría mucho conocer a Albino María.
Se le notaba ansioso. Pero su ansiedad no era la de un médico, sino la de un
aficionado a la literatura.
—Pues muy bien. De acuerdo. Pasaré a recogerte el sábado a las siete. Si hay
algún problema, me llamas.
Pero no hubo ninguno. A las siete y pocos minutos del sábado siguiente,
nuestro coche entraba en la autopista. El viaje a Obaba había comenzado.
El pueblo de la costa estaba a menos de una hora de nuestra ciudad, y
aprovechamos las horas de luz que nos quedaban para pasear por el malecón
del puerto y cenar al aire libre. Luego, cuando ya eran las once, tomamos el
camino de la playa y nos dirigimos al pub de mi antiguo compañero de escuela.
—¿Has visto qué nombre tiene el local? —me dijo mi amigo señalando un
rótulo luminoso.
—El Lagarto —leí.
—Por lo que se ve, las aficiones de Ismael no han cambiado.
—Eso parece.
El pub estaba abarrotado de adolescentes, y nos costó encontrar un lugar
acorde con nuestros deseos de curiosear. Al final, y gracias a la amabilidad de
unos motoristas, ocupamos el trozo de mostrador que ellos habían utilizado
para colocar sus cascos y sus guantes. Luego nos sentamos en los taburetes con
la mirada puesta en Ismael.
Seguía tan delgado como siempre, pero ya no parecía el chico salvaje de
Obaba. Estaba muy cambiado. Ahora llevaba una camiseta de color naranja con
palabras en inglés, y lucía unas franjas amarillas en el pelo moreno. Cuando nos
vio, recorrió todo el mostrador para venir a saludarnos.
—¡Qué sorpresa! ¿Cómo por aquí?
No sólo su apariencia había cambiado. Sus modales eran suaves, su sonrisa
franca. ¿Qué me diría la fotografía la próxima vez que la consultara?
Probablemente, nada. Ya me había dicho muchas veces que vivir y mudar eran
dos palabras sinónimas.
—Pues, ya ves. También nosotros salimos de vez en cuando —le
respondimos. Pero no pudimos continuar con la conversación, porque Ismael
tuvo que ir a atender a un grupo de jóvenes que le reclamaban a voces.
Antes de dejarnos nos ofreció tabaco rubio, y —señalando una marina de las
del montón que tenía colgadas por allí— hizo un comentario acerca de la
contaminación del mar.
—Nunca pensé que Ismael fuera a convertirse en un ecologista —dije.
—Seguro que hace surf —me susurró mi amigo.
Media hora más tarde, como aquello seguía llenándose de gente,
empezamos con los prolegómenos del asunto que nos había llevado hasta allí.
Le dijimos que teníamos curiosidad por los detalles de un hecho ocurrido en la
época en que ambos íbamos a la escuela primaria, y que, por favor, no se
preocupase; que nuestro interés era, por decirlo de alguna manera, de carácter
puramente científico.
Una mezcla de temor y desconfianza asomó en los ojos de Ismael. Era la
misma mirada de cuando tenía nueve años y llevaba una navaja en el bolsillo.
Al menos en aquello no había cambiado.
—Vosotros diréis —dijo.
—A ti te gustan mucho los lagartos, ¿no? —empecé. Pero no en tono de
acusación, sino alegremente, a modo de juego.
—¿Por qué lo dices? ¿Por el nombre que le he puesto al local?
Su tono era desagradable, casi de amenaza. Pero yo sabía que era cobarde,
lo sabía desde la época de la escuela primaria. Era un demonio, sí, pero no valía
para las peleas cara a cara.
—No, no me refiero a eso. Me refiero al lagarto de la fotografía,
concretamente al que sostenías junto a la oreja de Albino María. Lo que quiero
saber es si aquel lagarto se metió o no en su cabeza.
—¿Pero qué estás diciendo? ¡Eres un idiota! —me gritó. Luego se alejó de
nosotros y se puso a limpiar vasos.
—Le has herido —opinó mi amigo.
Pero Ismael estaba de nuevo con nosotros.
—Esperaba más de vosotros. Parece mentira que intelectuales como
vosotros todavía se crean esas bobadas. Francamente, me habéis decepcionado.
Ismael seguía hablando a gritos. Sus gestos eran de desprecio.
Los motoristas que estaban a nuestro lado dirigieron su mirada hacia
nosotros. Aquello empezaba a parecerse a una pelea.
—Te has puesto muy nervioso, Ismael —respondí imitando el acento de
Obaba. Me sentía eufórico. Las dos ginebras que llevaba en el cuerpo
empezaban a hacerme efecto.
—¡Estoy en mi casa y puedo ponerme como quiera! ¡Y no consiento que
nadie me venga con acusaciones estúpidas!
Decidí entonces adoptar las formas de comportamiento de Obaba, y cogí su
mano entre las mías. Aquel gesto quería decir que yo estaba de su lado y que le
quería como a un hermano. ¿No éramos acaso del mismo lugar? ¿No estábamos
los dos en la misma fotografía? Pues eso debía bastarle, tenía que confiar en mí.
—¡Sabes perfectamente que no tengo nada contra ti! —le dije.
—Sólo nos interesa saber una cosilla de nada, hombre. Le estoy tratando la
sordera a Albino María, y quería saber lo que sucedió aquel día. Nada más.
Me quedé asombrado por la habilidad de mi amigo. Era, sin duda, la mejor
manera de plantearle el asunto.
La reacción no se hizo esperar. Los ojos de Ismael se serenaron.
—¿Y por qué quieres saberlo? —preguntó.
—Porque, según su madre, ése fue el día en que Albino María empezó a
quedarse sordo.
Yo estaba extrañado de lo bien que mentía mi amigo,
—Pues os diré la verdad. Pero no creo que os sirva de mucho —dijo Ismael
mientras se secaba las manos con el trapo—. No sé lo que pasó con aquel
lagarto. Es verdad que lo tenía en la mano... supongo que para hacer alguna
trastada, claro, para que la fotografía saliera de risa, con todos los de delante
movidos y a todo gritar... me imagino que quería hacer algo por el estilo. Pero
lo que sucedió después, no lo sé. Recuerdo que se me escurrió entre los dedos,
eso sí. Pero no creo que se metiera en la cabeza de Albino María. Para ser
sincero, eso me parece imposible.
—Por supuesto. También a nosotros nos lo parece. Pero pasábamos por aquí
y se nos ha ocurrido entrar a preguntártelo, sin más.
El tono de mi amigo era ahora conciliador.
—¡Lo cierto es que yo de pequeño era muy malo! ¡Era malo de verdad!
—dijo sonriendo Ismael.
—Todos por un estilo. Aquí donde me ves, yo quemé la casa de mi abuelo.
Aunque no lo hice a propósito, claro, —confesó mi amigo.
—¡Vaya, vaya!
Era evidente que ese tipo de comentarios era muy del agrado de Ismael.
Aliviaba su mala conciencia, quizá.
Después de una corta despedida, salimos del pub y nos dirigimos al
aparcamiento del puerto.
De nuevo en el coche, mi amigo y yo —un tanto decepcionados— nos
acordamos de aquello que dijo Balzac: que la vida no elabora historias
redondas; que sólo en los libros podemos encontrar finales fuertes y decisivos.
—Nunca sabremos lo que pasó con el lagarto —le dije.
—Eso está todavía por ver. Antes de dar carpetazo al asunto, tenemos que
hablar con Albino María —me respondió mi amigo.
—Yo creo que mañana podremos verle. No suele salir de Obaba.
—Ojalá sea así.
—Y hablando de Balzac y de finales fuertes, ¿cuál es el mejor cuento que
conoces? Quiero decir que cuál te parece el de final más conseguido —se me
ocurrió de pronto. Apenas circulaban coches a aquellas horas, y la soledad de la
autopista creaba un clima propicio para las confidencias.
—Así, de repente, no sabría decirte —me contestó mi amigo.
—Pues, si quieres, puedo decirte cuál hubiera sido la respuesta de Boris
Karloff. ¿A que no aciertas cuál era el mejor cuento del mundo para Boris
Karloff? —le dije.
—No, pero seguro que era alguno de terror.
—Pues era el del criado de Bagdad.
—¿Y qué cuento es ése?
—Si te apetece, te lo puedo contar. Con una taza de café delante, claro.
—De acuerdo. Eso nos servirá de entrenamiento para la sesión de mañana.
Con tu tío de juez, nada está de más.
Paramos en un Restop. Luego, cuando ya estábamos sentados en un rincón,
rememoré para mi amigo el antiguo relato sufí. Y lo hice, por cierto, con las
mismas palabras que voy a emplear ahora para transcribirlo. La historia del
lagarto y su última palabra pueden esperar.

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